Qué asusta a los niños europeos

¿Quién es Baba Yaga?¿Quién es Bubak? La mezcla entre el folclore, los mitos paganos y los cuentos para que los niños se porten bien dan lugar a estos personajes que asustan, cada uno en su país, a nuestros niños europeos. Te contamos quienes son, y quién vendrá a por ti si no haces tus deberes, haces pis y te lavas los dientes antes de acostarte.

Sabemos que es tiempo de difuntos, de historias de miedo, y de ese Halloween irlandés americanizado que se está comiendo las tradiciones europeas. Pero antes de que se lo acabe por comer del todo nos gustaría repasar algunos de los mitos del folclore a lo largo de varios países europeos. Sí, esos mitos de «duérmete que viene el coco». Algunos de ellos dan bastante miedo.

ESPAÑA

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En España tenemos la historia del hombre del saco. Se trata de un tipo muy feo que recorre las calles de noche con un saco vacío a los hombros, en el que mete a niños perdidos, a los que se han portado mal durante el día o a los que no quieren irse a la cama por la noche. Una vez en el saco, nadie sabe qué les pasa a esos niños o adónde los lleva el hombre del saco.

Lo más preocupante de esta historia es que ese hombre existió de verdad, más o menos. Había varias personas implicadas en el caso, que ocurrió en 1910 en Almería. Según los informes policiales de la época, un hombre al que llamaban «el Moruno» pagó un montón de dinero a un curandero para que le curara de la tuberculosis. El «médico» le indicó que bebiera la sangre de un niño y que se masajeara el pecho con sus tripas. Y así lo hizo; el curandero y otros dos hombres secuestraron a un niño y lo metieron en un saco; luego le rajaron la axila para extraerle la sangre, que ofrecieron a «el Moruno», y finalmente aplastaron el cráneo del muchacho con una roca. Después vino la carnicería: lo abrieron, le sacaron la grasa y las tripas y las restregaron sobre el pecho de «el Moruno». El trabajo ya estaba hecho, pero debido a desavenencias económicas, uno de los hombres acabó denunciando todo lo ocurrido a la policía. Los tres hombres fueron sentenciados a muerte.

Todavía hay gente en Almería que recuerda las canciones que se solían cantar en la época sobre aquella horrible historia. Era tan jodida que todavía hoy asustamos a los niños diciéndoles que si no se portan bien va a venir el hombre del saco.

 

ITALIA

Krampus

En el norte de Italia no solo tenemos a Santa Claus, también está su malvado compañero, Krampus. Según las historias que los abuelos italianos contaban a los niños, cuando llegaba la Navidad, el diabólico ser peludo –mitad cabra, mitad demonio- se aparecía en las calles pertrechado con varias cadenas y campanas, un manojo de ramas de abedul y un cubo de madera cargado a la espalda.

A diferencia de Santa Claus, que premiaba a los niños buenos con regalos, Krampus recorría las calles en busca de los que se habían portado mal para golpearles con los palos. A veces se colaba en las casas por la ventana en plena noche y clavaba sus garras y colmillos en la piel de los niños traviesos para liberar la rabia que había acumulado después de un año aislado. Finalmente, cogía a los niños malos, los tiraba al interior de su cubo de madera y se los llevaba a su guarida, donde los castigaba. Lo cierto es que no se trata solo de un cuento para dormir: la noche de Krampus, el 5 de diciembre, los jóvenes de las poblaciones alpinas salían a desfilar por las calles disfrazados como demonios, a menudo estimulados por el alcohol.

Según el folclore alpino de la región de habla alemana, el origen de Krampus es incierto, aunque muchos coinciden en que está vinculado a las tradiciones precristianas. Un breve estudio del tema realizado en 1958 concluía que «en ninguna otra forma están los ropajes del Dios Astado de las Brujas mejor preservados. El abedul puede estar relacionado con los ritos de iniciación de algunos aquelarres de brujas».

RUMANÍA

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El cuento de «Mamá cabra y sus tres cabritillos» nos enseña que si no escuchas a tus padres, morirás. Hubo una vez una cabra que tenía dos hijos muy traviesos y uno bueno. Un día salió y les dijo que no abrieran la puerta hasta que ella volviera y oyeran su voz. El lobo había estado escuchando toda la conversación e intentó imitar la voz de mamá cabra, pero no consiguió engañar a los tres cabritillos. Así que fue al herrero, le pidió que le afilara la lengua y los dientes y volvió a intentarlo. Los dos cabritillos traviesos creyeron el engaño y abrieron la puerta, aunque los tres se escondieron por si acaso. El más bueno de los tres, que era, además, el que más temía al lobo, había escogido el mejor escondite y logró sobrevivir. El lobo devoró a los otros dos a excepción de sus cabezas, que colocó junto a la ventana, modificándoles la expresión para que pareciera que los cabritillos sonreían y hacer creer a su madre que estaban felices de verla. A continuación, el lobo impregnó las paredes de la casa con la sangre de sus víctimas y se marchó. Cuando mamá cabra regresó, su único hijo vivo le contó lo sucedido.

Tras conocer la historia, la cabra decidió invitar a cenar al lobo para honrar a sus dos hijos fallecidos, fingiendo no saber que él era el responsable de su muerte. Hizo sentar al lobo en una silla de cera, bajo la cual encendió un fuego, incendiando la casa y quemando al lobo con ella, mientras ella y su hijo le lanzaban piedras.

La historia, escrita en 1875 por el escritor clásico Ion Creangă, está incluida en el programa educativo de guardería rumano, para niños de entre 2 y 5 años. Supuestamente sirve para enseñar a los pequeños las consecuencias que tiene desobedecer a sus madres. Con ella también se pretende ayudarles a expresar mejor sus sentimientos.

ALEMANIA

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Como la mayoría de las historias horribles que se les cuenta a los niños antes de irse a dormir, «La terrible historia de las cerillas» tiene una moraleja: si no haces caso a tus padres, acabarás muriendo de una forma horrible. La protagonista de esta historia es una chica llamada Paulinchen, a la que sus padres dejan sola con sus dos gatos. Como está aburrida, cuando encuentra unas cerillas decide que son un pasatiempo genial e intenta encenderlas, como tantas veces había visto hacer a su madre. Sus dos gatos intervienen y le recuerdan que su padre le ha prohibido que lo haga, pero ella no hace caso, enciende una cerilla y se pone a bailar con ella en la mano, fascinada por la belleza de la llama en movimiento. Por supuesto, la historia no acaba bien. Paulinchen acaba prendiendo fuego a su vestido y segundos después todo su cuerpo está en llamas. Los gatos, desesperados, piden ayuda a gritos, pero nadie puede oír sus súplicas ni los terribles alaridos de la niña. Poco después, todo termina, Paulincher está muerta, ha quedado reducida a un montón de cenizas y solo sus zapatos quedan intactos. Los gatos siguen ahí, llorando y preguntándose, «¿Dónde están sus pobres padres, dónde?», como si ellos fueran las verdaderas víctimas de la situación. El cuento termina con unas extrañas observaciones del autor, en las que decía que las lágrimas de los gatos le recordaban a pequeños arroyos que atraviesan un campo.

«La terrible historia de las cerillas» forma parte del «Struwwelpeter», el equivalente de la literatura infantil de Saw. Fue escrita en 1845 por el psicólogo Heinrich Hoffman.

POLONIA

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Baba Yaga es una bruja malvada que aparece en las versiones no oficiales de muchos cuentos infantiles polacos. La historia cuenta que si te peleabas con tus padres y decidías irte de casa, acababas perdido en los bosques, dónde Baba Yaga moraba subida en una pata de pollo (es cierto) o en una casa hecha de pan (esto también es cierto). Se desplaza volando en una estupa, una especie de mortero o urna de hierro, tiene una pierna esquelética y suele acompañarla un gato, un cuervo, un búho o una serpiente. Pese a que es ciega (total o parcialmente), es capaz de moverse con total soltura gracias a su sentido del olfato. Baba Yaga puede seguir el rastro de tu olor, así que no esperes escaparte de acabar en una olla hirviendo.

Es imposible determinar el origen exacto de esta historia, aunque los expertos afirman que su figura se corresponde con la de una deidad importante de la mitología eslava, pero lamentablemente no quedan registros escritos de esto y la información disponible procede de los cuentos tradicionales. Podía tratarse de una diosa de los bosques vinculada a la muerte (en la cultura eslava, los cadáveres se incineraban y las cenizas se depositaban en una urna o un pilar, de ahí la estupa y la pata de pollo) o un espíritu animal muy poderoso. Con la aceptación del cristianismo, las comunidades eslavas redujeron a Baba Yaga al estatus de demonio o monstruo (algunos académicos la ven como la transición del matriarcado a la sociedad patriarcal).

Baba Yaga está presente en otras culturas eslavas, pero en Polonia siempre encarna a un personaje malévolo. En Rusia es algo más ambivalente y en ocasiones ofrece ayuda y consejo a quienes se cruzan con ella. Curiosamente,  en Polonia siempre han pensado que Baba Yaga es rusa, probablemente porque su nombre no es polaco y porque ambos países nunca se han profesado mucho amor. La triste verdad es que probablemente estén asustando a sus hijos con la historia de una señora rusa con un gato. Lo bueno es que, al menos, todas las versiones modernas que existen muestran un poco de simpatía por ella.

AUSTRIA

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En el país austriaco la forma de atemorizar es mediante un sastre, pero sigan leyendo, es el cuento del «chupadedos«. La historia la escribió en el siglo XIX un médico alemán llamado Heinrich Hoffmann, que tenía un concepto de la educación infantil bastante difícil. Hoffmann escribió muchos cuentos populares, como el del niño que se ahogó porque se pasaba el día soñando despierto o el de la niña que murió quemada viva porque «no se juega con cerillas».

Como ya habréis supuesto, el «Chupadedos» trata sobre un niño llamado Konrad que no dejaba de chuparse el dedo. Su madre le decía que parara, pero él la ignoraba, así que le advirtió de que, si no dejaba de hacerlo, vendría un sastre loco y le cortaría los dedos.

Y entonces viene la parte rara. La madre de Konrad tuvo que salir, momento que aprovechó el sastre para hacer su aparición y perseguir a Konrad con sus enormes tijeras. Cuando lo atrapó, le cortó los dedos al pobre muchacho. Aunque aquí se ha contado la historia de forma prosaica, originalmente estaba escrita con rimas que la hacían aún más espeluznante.

DINAMARCA

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Se supone que la historia de Karius y Baktus sirve para que los niños se cepillen los dientes y coman alimentos sanos. Si no lo hacen, unos amenazantes troles les agujerearán los dientes para crear sus hogares y establecerse en ellos.

La historia es la siguiente: había una vez un niño llamado Jens que nunca se limpiaba los dientes y al que le encantaba comer dulces. Como consecuencia, el trol de pelo negro Karius y su hermano pelirrojo, Baktus, agujerearon los dientes de Jens, los convirtieron en horribles casas de trol y vivieron una vida próspera en su boca. Aquellos monstruitos sádicos, armados con picos, se pasaban el día componiendo rimas sobre sus comidas azucaradas preferidas y cantando mientras martilleaban y perforaban los dientes de Jens, discutiendo si sería mejor crear su vivienda en el incisivo o el molar del muchacho. Lo que más temían era –lo habéis adivinado- el cepillo de dientes. Mientras Karius comentaba alegremente que hacía semanas que Jens no se cepillaba los dientes, Baktus se encogía al pensar en aquella época horrible en la que el chico solo comía zanahorias y pan de centeno. Los troles se alegraban enormemente cada vez que Jens se comía una pasta o alguna chuchería cargada de glucosa y cantaban sobre cómo crecían «gracias al caramelo y al pastel». Soñaban con el día en que la boca del pobre Jens estuviera tan podrida que pudieran invitar a toda su progenie a vivir allí. Al final, Jens se arma de valor y va al dentista, quien desaloja de su boca a aquellos malvados bichos de una vez por todas.

La historia original fue creada en 1949 por el escritor infantil, compositor e ilustrador noruego Thorbjørn Egner y se publicó por primera vez en Dinamarca en 1958. Desde entonces, se ha convertido en un cuento obligado de buenas noches que ha pasado de generación en generación. Hoy puede encontrarse en formato de libro y audiolibro, y se representa en gran número de espectáculos de marionetas y obras de teatro. La historia ha sobrevivido a su autor y sigue con su misión de fomentar los hábitos de higiene dental y alimentación sana entre los niños.

GRECIA

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«La madre asesina» es una historia/canción clásica del folclore griego que contaban las abuelas a sus nietas.

El cuento narra la historia de Constantine, único hijo de la familia. Un día llegó a casa de la escuela y se encontró a su madre durmiendo con otro hombre. La amenazó con contárselo a su padre y, por mucho que su madre le suplicó, el niño se mantuvo firme en su decisión.

La madre de Constantine lo mandó a su habitación, donde lo asesinó. Luego cocinó su hígado. Cuando llegó el padre, se preguntó por Constantine, y la madre le dijo que seguía en la escuela. El padre fue a buscarlo, pero la profesora le aseguró que el muchacho se había marchado hacía mucho rato.

Cuando el padre regresó a casa, la madre le sirvió el hígado de Constantine para cenar. En ese momento apareció el espíritu del niño asesinado, explicó todo lo ocurrido y reveló a su padre que se estaba comiendo los órganos de su hijo.

Naturalmente, el relato molesta un poco al padre, quien decide decapitar a la madre con una espada. Muchos historiadores creen que el cuento se escribió originariamente entre los siglos XVI y XVII y aparece en distintas variantes en muchos libros de folclore. Se dice que el propósito de la historia era advertir a las jovencitas sobre las consecuencias del mal comportamiento.

HUNGRÍA y BULGARIA

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Estos dos países del este comparten mito, no obstante fueron parte de un sólo país en tiempos del imperio Autro-húngaro. Se le conoce como Mumus en Hungría y como Torbalan en Bulgaria.

El Mumus no tiene ningún aspecto específico pues es una leyenda popular acerca de una persona la cual usaba túnica y nunca mostraría su rostro, y se compara a veces con las personas de la vida real específicas, tales como Albert Fish, un asesino en serie. El término mumus se puede utilizar metafóricamente para denotar a una persona o una cosa de quien alguien tiene un miedo irracional.

Los cuentos del Mumus varían según la región. En algunos lugares el Mumus es masculino, en otros, femenino. El concepto más común de un personaje popular caracterizado como alguien que asusta a niños; suele ser un monstruo que se mantiene al acecho en dormitorios (por ejemplo, detrás de la puerta, dentro del armario, o debajo de la cama), lugares en los que se esconde antes de atacar al durmiente. En cambio, en algunas zonas de Hungría, el Mumus no entra a los dormitorios, sino que por el contrario araña las ventanas desde el exterior. Igualmente se dice que a veces, el Mumus adopta la forma de la cosa que más aterra a la víctima.

REPÚBLICA CHECA y ESLOVAQUIA

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Como en el caso anterior, hasta 1993 formaban un único país, es por tanto lógico que compartan el folclore y cultura popular.

En el caso checo-eslovaco, aunque el fin es el mismo que en los anteriores, hacer que los niños hagan caso a sus padres, el aspecto de Bubak (espantapájaros) es como su nombre indica el de un espantapájaros. Pero hay algo diferente en este ser de la mitología pagana, y seguro que no os gustará mucho: Sus víctimas también son adultos.

El método para asustar a los críos es el clásico. El Bubak acecha desde el campo (sur de chequia, Moravia) y si los niños no se portan bien aparece y se los lleva. Pero ¿Y que hace con los mayores? Muy sencillo el Bubak se oculta cerca de las orillas de los ríos, y desde allí atrae a los padres. La forma de hacerlo es mediante un señuelo. El Bubak imita el llanto de un bebé abandonado y una vez se acerca los atrapa para siempre.

Se dice también que que crea ropas durante la luna llena a partir de las almas que roba, y que anda en un carruaje jalado por gatos. En otros países, cercanos como Ucrania, o en Bielorrusia se le conoce como Buka y Babay respectivamente.

Desde Alta Cultura esperamos que os haya gustado el artículo y que la próxima vez que penséis en el hombre del saco recordad que podría ser peor, que el Mumus o Baba Yaya podría estar esperándote la próxima vez que hagáis turismo.

Te lo hemos contado aquí, en Alta Cultura

Alberto Aijón

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